sábado, 24 de marzo de 2012

Oda a un Héroe Urbano

Un trayecto cotidiano que prometía poco más que la transición de la cama a otro día más me hizo testigo atónito de la caída de quien me gusta referirme como a un héroe. Un héroe urbano. Dudo que el protagonista lo viviese de tal forma, pero en una escena que duró pocos segundos me sentí espectador de una representación épica digna de ser relatada.

Avenida de América. Una estación de metro por la que pasan cientos, miles de personas con cada comienzo de jornada. Sin embargo, el ambiente a las ocho y media de la mañana, mientras espero en el andén a que llegue mi tren, no es el del clásico hormiguero humano, el de la urbe nipona o neoyorquina. Todo está en silencio. Hay gente, bastante, pero los que pueden están sentados, aferrados a sus abrigos, bolsos y maletines, ensimismados. Los que están de pie tienen una seria mirada fija en algún punto, y algunos dan pasos dentro de su pequeño espacio vital, al ritmo de sus pensamientos y preocupaciones. 

Reina una tranquilidad respetada por todos. Impuesta por todos. Y de repente, como un niño que llora en una misa, irrumpió él. Él era un hombre de unos treinta años, moreno. Poco más recuerdo de su físico, pero su entrada en escena fue espectacular. Con una sonrisa y unos andares obscenos, hizo su aparición silbando una melodía absurda que atravesó el andén de punta a punta como un rayo eléctrico, revolucionando el orden magnético e impactando a cada pasajero como el shock innecesario de un desfibrilador. 

Todas las miradas se volvieron hacia el hombre. Miradas de asombro, incredulidad, irritación… una amalgama de reacciones adversas que formaron un juicio colectivo que, como un ente amoral e inconsciente atacó sin piedad a quien había osado sentirse y actuar distinto esa mañana de marzo. Espíritu libre, pero no ajeno al mundo que lo rodeaba, el hombre sucumbió ante el clamor al respeto a su integridad que exigía el andén. Se calló y se apoyó contra la pared. Silencio. Todo volvió a la normalidad.

Supongo que esta historia es más trágica que heroica, ya que nuestro protagonista no es exactamente un héroe. Técnicamente no, al menos… no fue capaz de enfrentarse a la bestia colectiva. Este hombre decidió -o simplemente le ocurrió- salirse del camino. Pero a los que lo hacen les espera un laberinto difícil de atravesar, y donde habita ese Minotauro listo para destruir o hacer retroceder a los valientes o inconscientes. Hace falta un héroe para enfrentarse a los monstruos y salir victorioso, pero si nuestro protagonista no lo pudo ser, al menos, se acercó bastante. Y me parece importante reconocer la labor de quienes nos recuerdan que hay que adentrarse en el laberinto, y que, tal vez, el objetivo de hacerlo no sea derrotar a la criatura, sino descubrir que ese Minotauro no existe y nos lo hemos inventado.

1 comentario:

  1. Tus relatos son un buen retrato de la gran ciudad occidental, en la que convivimos una enorme masa de gente. Y pese a que siempre estamos rodeados, la sensación de soledad es tan grande que vas por la vida contaminando a los demás con tus mierdas y mala ostia, como la recepcionista de inglés con sus frustraciones, y la gente del metro con su calma/amargura impuesta. Admiro a la gente que entra silbando por los andenes :)

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